sábado, 11 de abril de 2009

Un rato de mi

Hay momentos de la vida que en verdad me parece inexplicable todo lo que me va aconteciendo. Pienso que a todos nos pasa porque finalmente somos humanos y rodeados de humanos, por lo mismo, la vida, nuestra vida; se torna imperfecta. 
Es curioso como a pesar de que va uno viviendo, creciendo, madurando, superando, aprendiendo; hay frases, hechos, situaciones que nos marcan. Hay personas que nos rigen de modo inconsciente. Finalmente aunque naveguemos con la bandera de la independencia y libre pensamiento, llega un momento -como a mi éste- que a pesar de ello, hay opiniones que nos pesan y nos marcan el camino. 
Mi padre es un ser maravilloso, extremadamente inteligente, cariñoso, bondadoso; sin embargo, muy duro. Su modo de educarme ha sido el de la rudeza para hacerme fuerte y enseñarme a que no se me cierre el mundo. Lo que él no sabe, es que es precisamente sus juicios severos los que vienen a cerrarme el mundo; no sabe que su excesiva objetividad en los hechos es lo que me hace sentir completamente sola. Y que su poco énfasis sobre mis logros por muy mínimos que sean es lo que me hace sentir una fracasada.
Pedí a mi padre que viniera porque sabía que estaba a punto de entrar en una depresión por todo lo acontecido, quería familia cerca, amor y apapacho. Pero mi padre (a falta de mi madre) vino con todo su amor, eso, ni dudarlo. Pero vino; no a escuchar, vino a querer solucionar por ende, a sentarme en el banco del juicio y a decirme lo que toda la vida me ha dicho, mis defectos (los cuales hoy me parecen infinitos).
Hoy sinceramente, me siento sumergida en una profunda tristeza pero con un gran aprendizaje. La vida es así y definitivamente depende sólo de uno mismo estar bien o mal, quisiera poder practicarlo y no dejar que me afecte el juicio paterno tanto, quisiera sólo escuchar y ya; sin que nada pase en mi interior. Una buena amiga  me decía que algo similar le pasó y que por ello se ha vuelto tan fría de sentimientos. Yo no quisiera que eso me pase, yo no soy fría pero quizá tenga que aprender a hacerlo porque en realidad, de lo contrario estoy sufriendo mucho.
Me duelo mucho... mi ex esposo ya se va de la ciudad, no sé en qué momento me perdí de todo, ahora me duele que se vaya y obvio nadie lo entiende porque el juicio de "Pues eso es lo que querías, estar sola" es tan cierto como fuerte. Sí, quería separarme pero para estar bien y no para que todo el mundo me juzgara y me hiciera sentir miserable, quería ser feliz y no ser el tema de mesa de todos los que consideran que hice una estupidez y que ahora ni soy nada ni nadie. 
Soberbia, complicada, difícil, inmadura, éstas, son mis características, éstas son las etiquetas sociales que me han puesto desde hace años, yo pensaba que no me importaba hoy veo que me ha importado y mucho porque en realidad he permitido que me afecten, que me hagan sentir justo eso que dicen de mi, y si; no tengo ni idea de qué hacer de  mi vida, me siento ante un gran horizonte y no sé hacia donde caminar, lo único que sé es que no quiero permitir que me afecten los comentarios y juicios de quien sea, lo único que se es que el estar bien depende sólo y únicamente de mi, lo único que se es que quiero paz. ¿Es tan inútil este conocimiento? no es lucrativo, no es reconocible, no me genera ni familia ni hijos ni nada de eso que la gente espera de mi, sin embargo, tengo fe en que me generará riqueza espiritual y que lo único que importa es que yo lo sepa y ya. ¿Que estaré sola para siempre? quizá ante los ojos de el mundo pero yo tengo que aprender a saber que nunca lo estaré porque me tengo a mi, tengo que aprender a conocerme y a acompañarme. Tengo que comprender que eso que dicen de mi, no soy yo, tengo que dejar de llorar y sentirme la víctima incomprendida, tengo que aprender a ser más fuerte mas no fría.
Me voy...

2 comentarios:

Esponjita dijo...

Tiene -siguiendo con la hilación de vuestras reflexiones- que aceptar que la contradicción mora en lo más íntimo de nuestra naturaleza, y que, como bien dice, no hay nadie mejor que nosotros para enfrentarlas.
¿Recuerda la canción de Mecano esa de que él fue quien dijo que no habría segunda parte pero le cuesta tanto olvidarte?
¿O aquella de Silvio Rodríguez de "la angustia es el precio de ser un mismo"?

Buscamos el juicio de los otros porque necesitamos un espejo en el cuál vernos. Y el padre es, por sobre todos, el índice que tenemos para saber si estamos en el camino correcto o no (ya lo dijo Feud). Es obvio que lo que opine su papá le mueve lo más íntimo de la fibra.
También debe uno de comprender a nuestros padres que, al fin de cuentas, también son humanos.
Un día le conté algo a mi mamá, y antes de terminar de decírselo, ya estaba ella tomando las armas para irme a salvar. Luego le dije que no, que sólo quería que me escuchara. Y ella me dijo: "¿cómo quieres que me quede impasible, si eres mi hija y mi instinto es resolverte los problemas salvarte?"
Para los humanos padres es difícil entender que sólo queremos apapachos: ellos están dispuestos a ir a matar al que nos hizo daño, o de regañarnos cuando les parece que estamos equivocados.

Pero lo que usted hizo, sea lo que sea, es lo correcto, a pesar de las mil dudas que la puedan asaltar. No hay "modo más correcto" para actuar que tal como actuamos en aquél momento de acción.

Lo difícil, querida, es aprender a buscar la aprobación a nuestros actos en nosotros mismos. En eso consiste la madurez, y es carísima. Y carísima en los dos sentidos de la palabra: muy difícil de alcanzar, pero también querible y deseable.
Poder verter la mirada hacia nosotros mismos y encontrar la justificación en nosotros es el más preciado bien del "conócete a tí mismo" del oráculo de Delfos.
O, puesto en cristiano, como lo dice san Pablo en algún lado (creo que en Corintios), nadie nos justifica (o sea: nadie es nuestro juez), ni siquiera nosotros mismos -cuantimenos nuestros padres-, sino sólo Cristo.
Es decir, filosóficamente hablando, lo que quiere ahí decir Pablo (más allá del contenido teológico) es que a veces, cuando nos juzgamos a nosotros mismos, utilizamos los mismos valores que nuestros padres nos enseñaron: los valores de la carne y la sangre -los valores, pues, de la tradición y la familia-. Pero el cristiano (o el filósofo que, al conocerse a sí mismo encuentra en sí la imagen de Dios que él mismo es) debe encontrar la justificación más allá: en lo que él, al voltear a su interior y preguntarse qué es lo que en verdad quiere, ha descubierto que es.

Si usted sabe lo que quiere, y no digo querer dinero, ni familia, ni todo aquello que nos hace valer ante una sociedad pequeña y humana, sino que lo que usted quiere es poseerse a sí misma y ser dueña de sí misma, entonces ese es el criterio que ha de usar para juzgarse.
Y le dolerá, porque desprenderse de los fantasmas con los que de niños aprendimos a jugar, es muy difícil.

Es filósofa. Y ello es carísimo. Y por eso vale la pena...

la esponjita délfica

Emma Laura dijo...

Querida esponjita:

Gracias por todas tus palabras, la verdad es que usted me hace verme desde fuera y me ayuda mucho para entender lo que pasa y lo mucho que en ocasiones uno hace grande las situaciones. Esponjita, mil gracias de verdad, me ayudó mucho el día de hoy, no cabe duda que es usted una gran sabia.

Un abrazo.