lunes, 15 de diciembre de 2008

El músico hacedor de ilusiones.


Los instantes se me han convertido en caramelos chiclocitos con los que juego un rato en la boca pasándolos de un lado al otro. El celofan que guarda cada dulce se convierten en ideas que acumulo cada una y por colores en el caracol que transporta un elfo y que se encuentra en mi tocador, ahí, en mi cuarto.

De repente me descubro tratando de acariciar las palabras y acomodarle a cada una, una sensación; es curioso como el proceso es ahora al revés. Gusto de pasearme por las hojas entintadas y descubrir una sensación nueva al burlarme los puntos y brincar las comas con entusiasmo solemne como quien siente emoción de haber logrado algo casi imposible.

Me gusta pensar cuando no tengo en qué pensar, es como dejar que las ideas fluyan y se muevan a su antojo para evitar utilizar la lógica y todo tipo de regla que sólo restringe el camino de los sueños.

La música me habla en este momento, me dice notas y sonidos bellos que ninguna palabra podría caber en la emoción dictada, la música dicta emoción, no pensamiento de ahí que admire tanto a los que hacen música, pues son capaces no de compartir un sueño sino de hacerlo sentir. Un escritor te escribe un sueño, te lo dibuja en la mente y a lo más que llega uno, es a comprenderlo. El músico en cambio, sólo emite sonidos con armonía; esa armonía que sale de su alma y la convierte en un sonido magistral, transportándonos no a un mundo creado por él sino a su mundo interior; el músico te lleva a su interno a descubrir el mundo de sus emociones y ha hacerte ver en él, cual espejo que refleja.

Es impresionante el misticismo que se evoca al pronunciar lo que se dice con el lenguaje musical, es como escuchar el canto de los dioses que aclaman la llegada del todo poderoso. Me admiro tanto de la esteticidad de la existencia, que no comprendo para qué se complica uno, si con sólo observar basta para ser feliz.

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